El Faro de lo Desconocido

[La Revue Théosophique, Paris, Vol. I, Nºs 3, 4, 5, 6; 21 Mayo,1889, págs. 1-9;
21 Junio, 1889; págs. 1-7; 21 Julio, 1889, págs. 1-6; 21 Agosto, 1889, págs. 1-9]

[Traducción del original Francés]

«…un mar atractivo; pero tempestuoso y lleno de escollos…»

I

En un antiguo libro sobre las Ciencias Ocultas está escrito:

«La Gupta Vidya (Ciencia Secreta) es un mar atractivo; pero tempestuoso y lleno de escollos. El navegante que se arriesga a surcarlo, si no es sabio y muy versado (NOTA: Adquirida bajo la guía de un gurú o Maestro. FINAL NOTA), será devorado, naufragando en uno de los millares de escollos submarinos. Lo vencerán grandes olas del color de los zafiros, rubíes y esmeraldas, hermosas y misteriosas, listas a extraviar al viajero hacia otras luces innumerables que brillan en toda dirección. Pero estas son luces falsas, iluminadas por los hijos de Kaliya (NOTA: La gran serpiente que Krishna conquistó, llevándola del río Yanuma al mar, donde esa Serpiente Kaliya se desposó con una especie de Sirena, la cual le dio una familia numerosa. FINAL NOTA) a fin de destruir a los que están sedientos de vida. Felices son los que no ponen atención a estos falsos engañadores y más felices aun, quienes jamás pierden de vista el verdadero Faro, cuya llama eterna arde en soledad en las anfractuosidades del agua de la Ciencia Sagrada. Innumerables son los peregrinos que desean sumergirse en ellas; muy pocos son los poderosos nadadores que alcanzan el Faro. Quien llega allí debe haber cesado de ser un número, convirtiéndose en todos los números. Debe haber olvidado la ilusión de la separación, aceptando sólo la verdad de la individualidad colectiva (NOTA: La ilusión de la personalidad, del Ego, que nuestro egoísmo coloca en primer lugar. En una palabra, es necesario asimilar toda la humanidad, vivir con ella, por ella y en ella; en otras palabras, hay que cesar de ser «uno» para convertirse en el «todo» o el total. FINAL NOTA). Debe ver con el oído, oír con los ojos (NOTA: Una expresión védica. Los sentidos, incluyendo a los dos sentidos místicos, son siete en Ocultismo; pero un Iniciado no los separa los unos de los otros, así como no separa su unidad de la Humanidad. Cada sentido contiene todos los demás. FINAL NOTA), entender el idioma del arco iris y haber concentrado sus seis sentidos en el séptimo» (NOTA: La simbología de los colores. El lenguaje del prisma, «cada uno de los siete colores madres tiene siete hijos», es decir: 49 matices o «hijos» entre los siete, cuyas tintas graduadas son otras tantas letras o caracteres alfabéticos. Por lo tanto, el lenguaje de los colores tiene 56 letras para el Iniciado (que no se debe confundir con el adepto, véase mi artículo: «Señal de Peligro»). De éstas, cada septenario es absorbido por el color madre; así como los siete colores madre son absorbidos, finalmente, en el rayo blanco, la Unidad Divina, simbolizado por estos colores. FINAL NOTA).

* * *

El «Faro» de la Verdad es la Naturaleza sin el velo ilusorio de los sentidos. Puede ser alcanzado sólo cuando el adepto se vuelve maestro absoluto de su yo personal, pudiendo controlar todos sus sentidos físicos y psíquicos mediante el «séptimo sentido»; gracias al cual recibe, también, la verdadera sabiduría de los dioses –Theo-sofía.

Es innecesario decir que los profanos –los no iniciados, aquellos que están fuera del templo o pro-fanos– consideran al revés las «luces» y la «Luz» que acabamos de mencionar. Para ellos el fuego fatuo es el Faro de la Verdad Oculta, la gran ilusión de las locuras humanas; mientras tienen a todos los demás escollos como algo beneficioso, que detienen a tiempo a quienes navegan con entusiasmo en el mar de la insensatez y la superstición.

Nuestros bondadosos críticos nos dicen: «¿No les basta que el mundo, a fuerza de ismos haya llegado al Teosofismo, que no es más que una charlatanería trascendental, sin que este último nos ofrezca una versión réchauffé de la magia medieval con su gran Sabbath e histeria crónica?». ¡Deteneos, deteneos, caballeros! ¿Vosotros que habláis así acaso sabéis qué es la magia verdadera o las Ciencias Ocultas? Habéis permitido que en vuestra escuela os llenaran de la «hechicería diabólica» de Simón el Mago y su discípulo, Menandro, según la presentan el bondadoso padre Ireneo, el celoso Teodorico y el autor desconocido de Philosophumena. Habéis permitido que, por un lado, se os dijera que esta magia provenía del diablo; y por el otro, que era el resultado del engaño y del fraude. Muy bien; ¿qué más sabéis de la verdadera índole del sistema seguido por Apolonio de Tyana, Jámblico y otros magos? ¿Cuál es vuestra opinión acerca de la identidad entre la teúrgia de Jámblico y la «magia» de los Simones y los Menandros? El autor del libro Sobre los Misterios (NOTA: Jámblico, que usó, como seudónimo, el nombre de su maestro, el sacerdote egipcio Abammón. FINAL NOTA) revela su naturaleza sólo a medias. Sin embargo, sus explicaciones fueron suficientes para convencer a Porfirio, Plotino y otros, quienes, después de haber sido enemigos de la teoría esotérica se convirtieron en sus defensores más fervientes. La razón de esto es muy simple. La verdadera Magia, la teúrgia de Jámblico es, a su vez, idéntica a la gnosis de Pitágoras, la ciencia de las cosas que son (ή γνώσις τών όντω) y al arrobamiento divino de los Filaleteos, «los amantes de la Verdad». Pero el árbol se juzga por los frutos. ¿Quién ha presenciado el carácter divino y la realidad de dicho arrobamiento, que en la India se le llama Samadhi? (NOTA: Samadhi es un estado de contemplación abstracta definida por ciertos términos sánscritos que cada uno requeriría una frase completa para explicarlo. Es un estado mental o mejor dicho, espiritual, independiente de cualquier objeto perceptible y durante el cual, el sujeto, absorbido en la región del espíritu puro, vive en la Divinidad. FINAL NOTA). Una larga serie de hombres, que, si hubiesen sido Cristianos, hubieran sido canonizados, no por decisión de la Iglesia, con sus parcialidades y favoritismos; sino por la de naciones enteras y por el vox populi, que raramente se equivoca en sus juicios. Por ejemplo, Amonio Sacas, llamado el Theodidaktos, «instruido por Dios»; el gran maestro cuya vida fue tan casta y pura que Plotino, su discípulo, no tenía la más mínima esperanza de ver otro mortal comparable con él. El mismo Plotino fue para Ammonio lo que Platón fue para Sócrates –un discípulo digno de las virtudes de su ilustre maestro. Porfirio, el discípulo de Plotino (NOTA: Vivió en Roma por 28 años y era un hombre tan virtuoso que se consideraba un honor tenerlo como custodio de los huérfanos de los patricios más elevados. Murió sin tener un enemigo en esos 28 años. FINAL NOTA), es el autor de la biografía de Pitágoras. Bajo la égida de esta gnosis divina, cuya influencia benéfica ha irradiado hasta nuestros días, se han desarrollado todos los místicos célebres de los siglos pasados: Jacob Boehme, Emanuel Swedenborg y muchos más. Madame Guyón es la contraparte femenina de Jámblico. Los quietistas Cristianos, los Sufíes Musulmanes y los Rosacruces de todos los países bebieron las aguas de esta fuente inagotable –la Teosofía de los neo-platónicos de los primeros siglos de la era Cristiana. La gnosis la antecedió, siendo la continuación directa de la Gupta Vidya («conocimiento secreto» y «conocimiento de Brahmâ») de la India antigua, transmitida a través de Egipto; así como la teúrgia de los Filaleteos era la continuación de los misterios Egipcios. En cualquier caso, el punto de partida de esta magia diabólica, es la Divinidad suprema; su fin y su meta son la unión de la chispa divina que anima al ser humano, con la Llama madre, el Todo Divino.

Esta unión es la meta final, la ultima Thule de los Teósofos que se dedican enteramente al servicio de la humanidad. Aparte de ellos, otros, quienes aún no están preparados para sacrificarlo todo, pueden interesarse en las ciencias trascendentales como el Mesmerismo y los poliédricos fenómenos modernos. Tienen el derecho de hacerlo, como afirma la siguiente cláusula: «uno de los objetivos de la Sociedad Teosófica es la investigación de las leyes inexplicadas de la naturaleza y de los poderes psíquicos latentes en el ser humano».

Los Teósofos que se entregan totalmente al servicio de la humanidad son pocos; el altruismo completo es un ave rara incluso entre los Teósofos modernos. Los otros miembros son libres de interesarse en lo que más les plazca. A pesar de esto y de la franqueza de nuestro comportamiento, exento de todo misterio, se nos llama constantemente a juicio para que demos explicaciones y para que satisfagamos al público, diciéndole que no celebramos el Sabbath de las brujas ni producimos escobas para el uso de los Teósofos. En realidad, este tipo de cosas, a veces rozan lo grotesco. Cuando no se nos acusa de haber inventado un nuevo ismo –una religión entresacada de las profundidades de un cerebro distorsionado– o de engañar al prójimo, se nos tilda de haber ejercido las artes de Circe sobre los hombres y los animales. Burlas y sátiras recaen sobre la Sociedad Teosófica tan densas como granizo. A pesar de todo, se ha mantenido de pie durante los 14 años de lluvia torrencial. La Sociedad Teosófica es muy resistente.

II

Después de todo, los críticos que sólo juzgan basándose en las apariencias no se equivocan por completo. Hay Teosofía y Teosofía: la verdadera Teosofía del Teósofo y la Teosofía de un Miembro de la Sociedad Teosófica. ¿Qué sabe el mundo de la verdadera Teosofía? ¿Cómo puede distinguirla entre la de un Plotino y la de los hermanos falsos? Y de estos, la Sociedad Teosófica posee más de lo que da a conocer. El egoísmo, la vanidad y la presunción de la mayoría de los mortales son increíbles. Hay algunos, para los cuales, su pequeña personalidad constituye el universo entero, más allá de la cual no hay salvación. Intenta sugerirles que el alfa y el omega de la sabiduría no se limitan a la circunferencia de su cerebro y que su juicio no podrá considerarse salomónico; y, directamente, te acusará de anti-Teosófico. Has blasfemado contra el Espíritu, pecado imperdonable en este siglo o en el próximo. Estas personas dicen: «yo soy la Teosofía»; así como Luis XIV dijo: «yo soy el Estado». Hablan de hermandad y de altruismo y sólo se interesan por sí mismos, en su pequeño «yo», que no les importa nadie más. Su egoísmo los induce a imaginar que son ellos los únicos representantes del templo de la Teosofía y que, al proclamarse al mundo, están proclamando la Teosofía. ¡Ay! Las puertas y las ventanas de este «templo» son tan buenas como muchos canales a lo largo de los cuales entran, pero raramente salen, los vicios y las ilusiones de las mediocridades egoístas.

Estas personas son las termitas de la Sociedad Teosófica, las cuales carcomen sus cimientos y constituyen una perpetua amenaza. Es posible respirar libremente sólo cuando la dejan.

Estas no son las personas que podrán dar una idea correcta de la Teosofía práctica y, menos aún, de la Teosofía trascendental, que ocupa las mentes de un pequeño grupo de elegidos. Cada uno de nosotros posee la facultad, el sentido interno que se conoce como intuición, ¡pero qué pocas son las personas que saben cómo desarrollarla! Sin embargo, los seres humanos podrán ver las cosas en sus colores verdaderos sólo mediante la ayuda de esta facultad. Es un instinto del alma que crece en nosotros, proporcionalmente al uso que hacemos de él, ayudándonos a percibir y entender todo hecho real y absoluto con mucha más claridad de lo que puede ofrecernos el empleo de nuestros sentidos y el ejercicio de nuestra razón. Lo que se le define como cordura y lógica nos permite sólo ver las apariencias de las cosas, lo que es evidente a todos. El instinto al cual aludo, siendo una proyección de nuestra conciencia perceptiva, es una proyección que opera de lo subjetivo a lo objetivo y no al revés, despierta en nosotros los sentidos espirituales y la fuerza para actuar; estos sentidos asimilan en sí la esencia del objeto o de la acción bajo examen, representándola como realmente es y no como aparece a nuestros sentidos físicos y a nuestra razón fría. «Empezamos con el instinto y terminamos con la omnisciencia», dice el profesor A. Wilder, nuestro colega de más vieja edad. Jámblico ha descrito esta facultad y ciertos Teósofos han podido apreciar la veracidad de su descripción.

Él dice que en la mente humana existe una facultad que es inmensamente superior a todas aquellas que se injertan o se generan en nosotros. Mediante ésta, es posible unirse a las inteligencias superiores, trasportándonos más allá de las escenas de la vida terrenal, compartiendo la existencia superior y los poderes sobrehumanos de los habitantes de las esferas celestiales. Gracias a esta facultad, al final nos liberamos del yugo del Destino [Karma], convirtiéndonos, por así decirlo, en los árbitros de nuestro destino. Cuando las partes más excelentes de nosotros rebosan de energía y cuando nuestra alma se eleva hacia esencias más altas que la ciencia, puede separarse de las condiciones que la avasallan en la vida diaria; canjea su existencia ordinaria por otra, renuncia a los hábitos convencionales que pertenecen al orden externo de las cosas, para entregarse y mezclarse con otro orden de cosas que reina en ese estado de existencia más elevado… (NOTA: Jámblico, De mysteriis, VIII, 6 y 7. FINAL NOTA).

Platón ha expresado la misma idea en un par de líneas:

«La luz y el espíritu de la Divinidad son las alas del alma. La elevan a la comunión con los dioses, más allá de esta tierra, con la cual el espíritu humano está muy dispuesto a macularse… Volverse como los dioses, implica llegar a ser santos, justos y sabios. Este es el fin con el cual se creó al ser humano y éste debería ser su meta en la adquisición del conocimiento» (NOTA: Phaedrus, 246 D.E.; Theaetetus, 176 B. FINAL NOTA).

Esta es la verdadera Teosofía, la Teosofía interna, la del alma. Sin embargo, si la seguimos con un propósito egoísta, la Teosofía cambia su naturaleza, convirtiéndose en demosofía. Esto es el motivo por el cual la Sabiduría Oriental nos enseña que el Yogui Hindú, que se aísla en una espesura impenetrable, análogamente al ermitaño Cristiano, que suele retirarse en el desierto, como en la antigüedad, son simplemente unos versados egoístas. El yogui actúa con la única idea de encontrar un refugio para resguardarse de la reencarnación, en la esencia Única y Nirvánica, mientras el ermitaño cristiano actúa con el propósito de salvar su alma – ambos piensan sólo en sí mismos. Su motivo es plenamente personal; porque aun suponiendo que alcancen su fin: ¿Acaso no son como soldados cobardes que desertan de su ejército en el momento de la acción, para salvaguardarse de las balas? El yogui y el «santo» que se aíslan no ayudan a nadie, excepto a sí mismos; al contrario, ambos muestran ser profundamente indiferentes al destino de la humanidad, abandonándola y dejándola. El Monte Athos, (NOTA: Una conocida comunidad monástica situada en la península del mismo nombre, es la más oriental de los tres promontorios que se extienden, como las puntas de un tridente, desde la costa de Macedonia hacia el sur, hacia el Mar Egeo. También es llamado Hagion Orors. El pico se eleva como una pirámide, con una empinada cumbre de mármol blanco, de una altura de 6350 pies.–El Compilador. FINAL NOTA) quizá contiene unos pocos fanáticos sinceros; aun ellos, sin saberlo, han dejado el único camino que conduce a la verdad –el sendero del Calvario, a lo largo del cual cada uno lleva, voluntariamente, la cruz de la humanidad. En realidad es un nido del egoísmo más burdo y la observación de Adams alude a esta clase de lugares: «Hay criaturas que parecen haber huido del resto de la humanidad por el único placer de encontrarse con el Diablo téte-á-téte».

Gautama, el Buda, se quedó en soledad sólo el lapso necesario para llegar a la verdad, después del cual se consagró a divulgarla, limosneando su pan y viviendo para la humanidad. Jesús se retiró al desierto sólo cuarenta días y murió por esta misma humanidad. Apolonio de Tyana, Plotino y Jámblico, al vivir existencias de singular abstinencia, casi ascética, vivieron en el mundo y para el mundo. Los más grandes ascetas y santos de nuestros días no son los que se retiran en lugares inaccesibles, sino los que pasan su vida viajando, de lugar en lugar, haciendo el bien y tratando de elevar a la humanidad; aunque pueden evitar Europa y estos países civilizados donde la población se ve y se oye sólo a sí misma, países divididos entre dos facciones –las de Caín y Abel.

Aquellos que consideran el alma humana como una emanación de la Deidad, como una partícula o rayo del alma universal y ABSOLUTA, entienden la parábola de los talentos mejor que los Cristianos. Quien esconde en la tierra el talento que su «Señor» le entregó, lo perderá, así como el asceta que piensa «salvar su alma» en la soledad egoísta. «El servidor bueno y fiel» que duplica su capital, cosechando para quien no había sembrado porque no tenía los medios para hacerlo y siega para los pobres que no diseminaron el grano, actúa como un verdadero altruista. Recibirá su recompensa justamente porque ha trabajado para otro, sin pensar en la remuneración o el reconocimiento. Este hombre es el Teósofo altruista; mientras el otro es un egoísta y un cobarde.

El Faro de la luz hacia el cual se enfoca la vista de todos los verdaderos Teósofos, es el mismo al que se dirigió, en todas las eras, el alma humana cautiva. Nosotros y los teósofos primigenios, usamos el término «Sabiduría Divina» para indicar este Faro, cuya luz no brilla sobre mares terrenales; sino que se ha reflejado en las profundidades lóbregas de las aguas primordiales del espacio infinito. Esta es la última palabra de la doctrina esotérica. ¿Dónde estaba, en la antigüedad, el país que tenía el derecho a llamarse civilizado que no poseyera un sistema de SABIDURÍA dual: una parte para las masas y la otra para los pocos exotéricos y esotéricos? Esta SABIDURÍA o como lo llamamos a veces: «Religión-Sabiduría» o Teosofía, es tan antigua como la mente humana. El título de Sabios –los sacerdotes de este culto a la verdad– fue el primer derivativo. En seguida, estos nombres se transformaron en filosofía y filósofos –los «amantes de la ciencia» o de la sabiduría. Pitágoras fue el artífice de este nombre junto al de la gnosis, el sistema del ή γνώσις τών όντων «conocimiento de las cosas que son» o de la esencia que se oculta tras las apariencias externas. Bajo ese nombre, tan noble y correcto en su definición, todos los maestros de la antigüedad designaron el conjunto de nuestros conocimientos de las cosas humanas y divinas. Los sabios y los Brahmanes de la India, los magos Caldeos y Persas, los hierofantes Egipcios y Árabes, los profetas o Nabi de la Judea y de Israel, así como los filósofos griegos y romanos, siempre han clasificado esta ciencia en dos divisiones –la esotérica o la verdadera y la exotérica, disfrazada bajo el simbolismo. Aun hoy los Rabinos judíos llaman Merkabah al cuerpo o vehículo de su sistema religioso, eso que contiene en sí las ciencias superiores, accesibles sólo a los iniciados y de lo cual esto es simplemente la cáscara.

Se nos acusa de asumir una actitud sigilosa, reprochándonos que mantenemos la Teosofía superior en secreto. Confesamos que la doctrina que llamamos gupta vidya (ciencia secreta) es sólo para los pocos. Pero ¿cuáles eran los maestros de antaño que no mantenían secretas sus enseñanzas por temor a que se profanaran? Desde Orfeo a Zoroastro, Pitágoras y Platón, hasta los Rosacruces y los Francmasones más modernos, siempre hubo una regla invariable, que el discípulo debe ganarse la confianza del maestro antes de recibir de él la palabra suprema y final. Las religiones más antiguas siempre han tenido sus misterios mayores y menores. Los neófitos y los catecúmenos daban un juramento inviolable antes de ser aceptados. Los Esenios de la Judea y del monte Carmelo tenían la misma regla. Los Nabi y los Nazarenos (los «separados » de Israel), como los Chelas laicos y a los Brahmachâryas de la India, diferían mucho entre ellos. Los Chelas laicos podían casarse y quedarse en el mundo mientras estudiaban las escrituras sagradas, hasta cierto punto; los Brahmachâryas, los Nabi y los Nazarenos siempre se han consagrado enteramente a los misterios de la iniciación. Las grandes escuelas de Esoterismo eran internacionales, aunque exclusivas, como lo demuestra el hecho de que Platón, Heródoto y otros se fueron a Egipto para ser iniciados; mientras Pitágoras, después de haber visitado a los Brahmanes de la India, se detuvo en un monasterio egipcio y, finalmente, según Jámblico, fue recibido en el Monte Carmelo. Jesús siguió la costumbre tradicional, justificando su reticencia citando un precepto muy conocido: «No des las cosas sagradas a los perros, no ofrezcas tus perlas a los cerdos, porque las pisotearán y los perros te atacarán, haciéndote pedazos» [Mateo, vii, 6].

Ciertas escrituras antiguas, conocidas para los Bibliófilos, personifican la SABIDURÍA, que representan como emanando de AIN-SOPH, el Parabrahm de los Cabalistas Judíos, haciéndola como la asociada y compañera de la deidad manifestada. Por eso, entre todos los pueblos tuvo un carácter sagrado. La Sabiduría es indisoluble de la Divinidad. Así tenemos los Vedas, que proceden de la boca del «Brahmâ» hindú (el logos). El nombre Buda proviene de Budha, «Sabiduría», inteligencia divina. El Nebo babilónico, el Thot de Memphis y Hermes de los griegos eran todos dioses de la sabiduría esotérica.

La Griega Atenea, las Egipcias Metis y Neitha, son los prototipos de Sophia-Achamoth, la sabiduría femenina de los Gnósticos. El Pentateuco samaritano llama el libro del GénesisAkamuth o «Sabiduría», como también dos fragmentos de manuscritos muy antiguos: «la Sabiduría de Salomón» y «la Sabiduría de Iasous ( Jesús)». El libro llamado Mashalim o los «Discursos y los Proverbios de Salomón», personifica la Sabiduría llamándola: «la que ayuda al (Logos) creador», en las siguientes estrofas traducidas literalmente:

I(a)HV(e)H me poseía desde el principio;

(NOTA: JHVH o Jahveh ( Jehová) es el Tetragrammaton, por consecuencia: el Logos Emanado y el creador; el TODO sin principio ni fin, AIN-SOPH, no puede crear, ni desea crear, en su calidad de ABSOLUTO. FINAL NOTA)

Fui la primera emanación de las eternidades,
Aparecí de la antigüedad, la primordial.
Desde el primer día de la tierra;
Nací antes del gran abismo.
Cuando no había ni fuentes ni agua,
Cuando el cielo estaba en vías de construcción, yo estaba ahí
Cuando él trazó el círculo sobre la superficie del abismo,
Estaba con él, Amún.
Era su delicia, día a día.

(NOTA: Aunque se le llame diferente, las ideas expresadas en este pasaje son idénticas a Proverbios viii, 22-30. Mashalim es el plural de Mashal, que y significa «ejemplo», «fábula», «alegoría»… es decir, una enseñanza ilustrada. Los Proverbios de Salomón, son conocidos en Hebreo como Mishle Shelomah. La Sabiduría de Jesús es el mismo trabajo que el conocido como La Sabiduría de Jesús, el hijo de Sirach, o como Ecclesiasticus.–El Compilador. FINAL NOTA).

Esto es exotérico, como todo lo que alude a los dioses personales de las naciones. El INFINITO no puede ser conocido por nuestra razón, la cual tiene sólo la capacidad de distinguir y definir; pero, siempre podemos concebir la idea abstracta del Infinito, gracias a esa facultad superior a nuestra razón –la intuición o el instinto espiritual del cual he hablado. Sólo los grandes iniciados, que tienen el raro poder de ponerse en el estado de Samadhi – que el término arrobamiento lo traduce sólo de manera imperfecta, un estado en que uno cesa de ser el «yo» condicionado y personal y se convierte en uno con el TODO– pueden ostentar haber entrado en contacto con el infinito; sin embargo no pueden describir tal estado en palabras…

Ellos han esbozado estas pocas características de la verdadera Teosofía y de su práctica, para un pequeño número de nuestros lectores dotados de la intuición necesaria. En lo que atañe a los demás, o no nos comprenderán o se mofarán de nosotros.

III

¿Acaso, nuestros benévolos críticos, saben siempre de qué se burlan? ¿Tienen la menor idea del trabajo que se está efectuando en el mundo y los cambios mentales orquestados por esa Teosofía que ellos escarnecen? Es evidente el fruto de nuestra literatura y, gracias al trabajo incesante de un cierto número de Teósofos, hasta los más ciegos lo reconocen. No son pocos los que están convencidos de que la Teosofía será la filosofía y la ley, si no la religión, del futuro. Los retrógrados, cautivados por el dulce estancamiento del conservadurismo, presienten todo esto, de lo que deriva el odio y la persecución, coadyuvados por la crítica. Sin embargo, la crítica que Aristóteles introdujo, se ha alejado mucho de su parámetro original. Los antiguos filósofos, que la civilización moderna considera como sublimes ignorantes, cuando criticaban un sistema o una obra, lo hacían con imparcialidad y con el único propósito de mejorar y perfeccionar eso que, para ellos, tenía lagunas. En primer lugar, estudiaban el tema y, luego, lo analizaban. Era un servicio que se rendía y ambos grupos lo reconocían y aceptaban como tal. ¿Acaso la crítica moderna se atiene a esta regla áurea? Es muy claro que no. Nuestros jueces están lejos, aun de la crítica filosófica de Kant. La crítica que se basa en la impopularidad y las ideas preconcebidas, ha sustituido la «razón pura»; y el crítico acaba haciendo trizas, con sus dientes, todo lo que no entiende y, especialmente, eso que no le interesa comprender. En el siglo pasado –la era dorada de la pluma de ganso– a veces la crítica era bastante mordiente; sin embargo justa. La mujer de César podía ser sospechada, más nunca se le condenó sin antes oír su defensa. En nuestro siglo se otorgan los premios Montyón (NOTA: Premios instituidos en Francia en el siglo XVIII por el Barón de Montyón, para aquellos que, de alguna manera, beneficiaban a la humanidad.–El Compilador. FINAL NOTA) y se erigen estatuas públicas a quien inventa la máquina bélica más mortífera; hoy, cuando la pluma de acero ha reemplazado a su más humilde antecesora, los colmillos del tigre de Bengala o los dientes del terrible cocodrilo del Nilo, causarían heridas menos crueles y menos profundas que la del pico de acero del crítico moderno, el cual, casi siempre, ignora completamente eso que está desmembrando con tanta meticulosidad.

Quizá nos pueda consolar un poco saber que la mayoría de nuestros críticos literarios, transatlánticos y europeos, solían ser autores de bajo calibre que, fracasando en la literatura, se están vengando de su mediocridad con todo lo que tropiezan. El pequeño vino azul, insípido y adulterado, a menudo se convierte en vinagre. Desdichadamente, los reporteros de la prensa en general (pobres diablos, hambrientos de promoción), a quienes lamentaríamos privarles de lo poco que ganan –aun a nuestras expensas– no son nuestros únicos ni más peligrosos críticos. Los fanáticos y los materialistas –las ovejas y las cabras de las religiones– al habernos colocado en su índice de autores prohibidos, vedan nuestros libros en sus bibliotecas, nuestras revistas son boicoteadas y a nosotros nos someten al ostracismo más completo. Un alma piadosa, que acepta literalmente los milagros de la Biblia, siguiendo con emoción las investigaciones marinas de Jonás en el vientre de la ballena o el viaje trans-etéreo de Elías cuando emprendió el vuelo en su carruaje de fuego como una salamandra, considera a los Teósofos ingenuos y fraudulentos. Otra –alma condenada de Haeckel– mientras saca a relucir una fe tan ciega como la del fanático en su creencia acerca de la evolución del hombre y del gorila de un antecesor común (haciendo caso omiso que en la naturaleza no existe traza de algún eslabón del género), casi se destornilla cuando descubre que su vecino cree en los fenómenos ocultos y en las manifestaciones psíquicas. Sin embargo, ni el fanático, ni el científico y ni siquiera el académico, incluidos entre los «Inmortales», puede explicarnos el más pequeño de los problemas de la existencia. Los metafísicos, que durante siglos han estudiado los fenómenos del ser en sus primeros principios y que se sonríen de lástima cuando oyen las circunvoluciones de la Teosofía, se sentirían abochornados en explicarnos la filosofía o incluso la causa de los sueños. ¿Quién, entre ellos, podría decirnos el por qué todas las operaciones mentales siguen funcionando mientras soñamos, con la misma actividad y energía de cuando estamos despiertos, excepto la razón, la única facultad que se encuentra en vilo y paralizada? El discípulo de Herbert Spencer enviaría a los biólogos, a todos los que le sometieran esta pregunta. Sin embargo, él considera que la digestión es el alfa y omega de todo sueño –así como la histeria es el gran Proteo poliédrico, que está presente en todo fenómeno psíquico– no puede satisfacernos para nada. La indigestión y la histeria son, en efecto, gemelas, dos diosas a las cuales el psicólogo moderno ha elevado un altar, constituyéndose, luego, en el sacerdote oficiante. Éste es asunto suyo, siempre que no se inmiscuya con los dioses de su prójimo.

La consecuencia de todo esto es la siguiente: los Cristianos caracterizan a la Teosofía como la «ciencia maldita» y el fruto prohibido; el científico no capta nada en la metafísica, excepto «el campo del poeta loco» (Tyndall); el reportero la toca sólo con fórceps emponzoñados; y los misioneros la asocian con la idolatría y los «Hindúes ignorantes»; por lo tanto es lógico que la pobre Teo-Sofía reciba un trato tan vergonzoso como cuando los ancianos la llamaban la VERDAD –relegándola en el fondo de un pozo. Hasta los «Cristianos» Cabalistas, quienes aman reflejarse en las aguas oscuras de este pozo profundo, aunque no vean nada ahí excepto el reflejo de sus rostros que confunden por el de la Verdad, ¡pugnan contra nosotros!… Sin embargo, todo esto no es razón suficiente para que la Teosofía no tenga nada que decir en su defensa ni a su favor; ni debería cesar de afirmar su derecho de ser escuchada, ni sus servidores leales y fieles reconocerse vencidos.

¿La «ciencia maldita,» dicen ustedes, Caballeros Ultramontanos? Deberían recordar que el árbol de la ciencia está injertado en el de la vida; que el fruto que declaran «prohibido», proclamándolo por dieciocho siglos como la causa del pecado original que trajo la muerte al mundo y que tiene una flor que brota en el tallo inmortal, fue nutrido por ese mismo tronco y, por lo tanto: es el único fruto que puede asegurarnos la inmortalidad. También ustedes, Caballeros Cabalistas, o ignoran o desean ignorar, que la alegoría del paraíso terrenal es tan antigua como el mundo y que en un tiempo, el árbol, el fruto y el pecado tenían un significado más profundo y más filosófico del que tienen hoy, ya que los secretos iniciáticos se han perdidos.

El Protestantismo y el Ultramontanismo se oponen a la Teosofía, así como se oponen a todo lo que no emana de ellos mismos; así como el Calvinismo se opuso a reemplazar sus dos fetiches: la Biblia judía y el Sabbath con el Evangelio y el Domingo Cristiano; así como Roma se opuso a la educación secular y a la Masonería. Sin embargo, la interpretación literal y la Teocracia, ya tuvieron su apogeo. El mundo debe moverse y avanzar si no quiere estancarse y morir. La evolución mental progresa pari passu a la evolución física, y ambas adelantan hacia la VERDAD ÚNICA, que es el corazón del sistema de la Humanidad, así como la evolución es la sangre. Si la circulación y el corazón se detuvieran por un momento ¡Se acabaría la máquina humana! Son los servidores de Cristo quienes desean matar o al menos paralizar la Verdad, asestándole unos golpes con el palo llamado: «¡la letra que mata!» Lo que dijo Coleridge acerca del despotismo político tiene vigencia también para el religioso. A menos que la Iglesia retire su mano dura, cuya presencia es como una pesadilla para los corazones oprimidos de millones de creyentes nolens volens, que les guste o no y cuyo pensamiento se queda paralizado en las tenazas de la superstición, la Iglesia ritualística está condenada a abandonar su lugar en favor de la religión y –a morir. Pronto tendrá sólo una elección. Cuando las personas tengan clara la verdad que oculta con mucho cuidado, ocurrirá una o dos cosas: o la iglesia perecerá por mano de la gente o, si las masas quedan en la ignorancia, avasalladas a la interpretación literal, morirá con su gente. ¿Los servidores de la Verdad eterna mostrarán que la han convertido en un círculo vicioso eclesiástico, suficientemente altruistas para que escojan la primera de estas dos opciones? ¡Quién sabe!

Repito: sólo la Teosofía, bien entendida, es capaz de salvar al mundo de la desesperación, reproduciendo una reforma social y religiosa; tarea que, en el pasado, llevó a cabo Gautama el Buda; una reforma pacífica, sin derrame de sangre, mientras cada individuo se quedaba en la fe de sus antepasados, si quería. Para hacer esto, sólo deberá rechazar las plantas parasitarias de la invención humana, que en este momento están sofocando a todas las religiones e iglesias en el mundo. Que acepte la esencia, que es igual en todas; es decir: el espíritu que da la vida al ser humano en que reside, volviéndolo inmortal. Que cada ser humano inclinado al bien, encuentre su ideal –una estrella que lo guíe. Que la siga sin desviarse jamás de su camino y, casi seguramente, alcanzará el «faro de luz» de la vida– la VERDAD; poco importa si la busca y la encuentra en el fondo de una cuna o de un pozo.

IV

¡Ríanse, entonces, de la ciencia de las ciencias, desconociendo su primera palabra! Quizá se nos diga que éste es el derecho literario de nuestros críticos. Me alegro que sea así. Es cierto que si las personas hablaran exclusivamente de lo que entienden, sólo dirían la verdad, lo cual no siempre sería placentero. Cuando leo las críticas escritas sobre la Teosofía, las trivialidades y el ridículo de mal gusto que ahora se emplea contra la filosofía más grandiosa y sublime del mundo –uno de cuyos aspectos se encuentra en la ética noble de Filaleteo– me pregunto si las academias de cualquier país habrán, alguna vez, entendido la Teosofía de los Filósofos alejandrinos mejor de lo que nos entienden a nosotros, ahora. ¿Qué se sabe o qué se puede saber de la Teosofía Universal, si no se ha estudiado a los Maestros de Sabiduría? Además, entendiendo tan poco de Jámblico, Plotino y hasta de Proclo, es decir la Teosofía del siglo tercero y cuarto, las personas pueden ufanarse, esgrimiendo juicios sobre la neo-Teosofía del siglo XIX.

Nosotros decimos que la Teosofía nos llega del lejano Oriente, el mismo lugar de precedencia de la Teosofía de Plotino, Jámblico y hasta de los misterios del antiguo Egipto. ¿Acaso Homero y Heródoto no nos dicen que los antiguos egipcios eran «los Etíopes de Oriente», quienes vinieron de Sri-Lanka o Ceilán, según sus descripciones? Ya que es admitido, generalmente, que los pueblos que estos dos autores clásicos llaman Etíopes de Oriente eran simplemente una colonia de Arios con tez muy oscura, los Dravídicos del Sur de India, quienes llevaron consigo a Egipto una civilización ya existente. Dicha migración tuvo lugar en las eras prehistóricas que el Barón Bunson llama pre-Menita (antes de Menes); pero que tienen su propia historia, que se puede encontrar en los Archivos antiguos de Kalouka Batta. Además y aparte de las enseñanzas esotéricas, que no se divulgan a un público escarnecedor, las investigaciones históricas del Coronel Vans Kennedy, el gran rival en la India del Dr. Wilson en el campo del sánscrito, nos muestran que la Babilonia pre-Asiria era la morada del Brahmanismo y del sánscrito como idioma sacerdotal (NOTA: Referencia a los dos destacados trabajos del Cor. Vans Kennedy: Researches into the Origin and Affinity of the Principal Languages of Asia and Europe, London, 1828; y Reserarches into the Nature and Affinity of Ancient and Hindu Mythology, London, 1831.–El Compilador. FINAL NOTA). Además, si el Éxodo debe ser creído, sabemos que Egipto, mucho antes del tiempo de Moisés tenía a sus adivinos, hierofantes y magos; es decir: antes de la dinastía XIX. Al final, Brugesh-Bey ve en muchos de los dioses de Egipto, unos emigrantes de más allá del Mar Rojo y de las grandes aguas del Océano Indo.

Ya sea esto así o no, la Teosofía es la descendiente directa del gran árbol de la GNOSIS universal, un árbol cuyas ramas lozanas se extienden sobre toda la tierra como una bóveda y bajo cuya égida se hallaban todos los templos y las naciones del globo, en una época que a la cronología bíblica le gusta llamar: «antediluviana». Esta Gnosis representa el agregado de todas las ciencias, la sabiduría acumulada de todos los dioses y semidioses que se encarnaron en la tierra en tiempos anteriores. Según algunos –y dejemos que así piensen– ellos serían los ángeles caídos y los enemigos de la humanidad; estos hijos de Dios quienes, al ver que las hijas de los hombres eran hermosas las tomaron como esposas, impartiéndoles los secretos del cielo y de la tierra. Nosotros creemos en los Avatares y en las Dinastías Divinas y en la época en que había, en realidad, «gigantes en la tierra»; sin embargo, rechazamos por completo la idea de los «ángeles caídos», de Satán y de su ejército.

Entonces, se nos pregunta: «¿Cuál es vuestra religión o creencia? ¿Cuál es vuestro estudio favorito?».

«LA VERDAD», contestamos. La verdad dondequiera que la encontremos; ya que, como Amonio Sacas, nuestra más grande ambición sería reconciliar los sistemas religiosos distintos, ayudando a todo ser a encontrar la verdad en su creencia y obligándole a reconocerla en el sistema religioso de su prójimo. ¿Qué importa el nombre, si la cosa en sí es esencialmente la misma? Según se dice: Plotino, Jámblico y Apolonio de Tyana tenían la dote maravillosa de la profecía, de la clarividencia y de la curación, aunque pertenecían a tres escuelas distintas. La profecía era un arte que los esenios, los b’ni Nebim entre los judíos y los sacerdotes de los oráculos que los paganos cultivaron. Los discípulos de Plotino atribuían poderes milagrosos a su maestro. Filostrato ha afirmado lo mismo en el caso de Apolonio; mientras Jámblico tenía la reputación de haber superado a todos los otros eclécticos en la teúrgia Teosófica. Amonio declaró que toda la Sabiduría moral y práctica se encontraba en los libros de Thot o Hermes Trismegisto. Pero Thoth significa «un colegio,» una escuela o asamblea y, según los theodidaktos, las obras con este nombre eran idénticas a las doctrinas de los sabios del extremo Oriente. Si Pitágoras adquirió su conocimiento en la India, (donde, hasta la fecha, se hace mención de él en antiguos manuscritos, bajo el nombre de Yavanacharya, (NOTA: Un término que viene de las palabras Yavana, o «el Ionio» y acharya, profesor o maestro. FINAL NOTA) el Maestro Griego), Platón obtuvo la suya de los libros de Thoth-Hermes. ¿Cómo aconteció que el joven Hermes –el dios de los pastores, tildado: «el buen pastor»–, quien presidió sobre la adivinación y la clarividencia, se volvió idéntico a Thoth (o Thot), el Sabio deificado y autor de El Libro de los Muertos? Sólo la doctrina esotérica puede revelarlo a los Orientalistas.

Cada país ha tenido sus Salvadores. Aquél que disipa la oscuridad de la ignorancia con la ayuda de la antorcha de la ciencia, sacando a relucir la verdad; se merece tal título como prueba de nuestra gratitud, tanto como quien nos salva de la muerte, curando nuestro cuerpo. Este ser despierta la facultad de distinguir lo verdadero de lo falso en nuestras almas entumecidas, alumbrando una llama divina hasta el momento ausente; por eso tiene el derecho a nuestro agradecido respeto; ya que se ha convertido en nuestro creador. ¿Qué importancia tiene el nombre o el símbolo que representa la idea abstracta, si dicha idea es siempre la misma y verídica? Si el símbolo concreto tiene un nombre u otro, si el salvador en que creemos tiene el nombre terrenal de Krishna, Buda, Jesús o Esculapio –también «llamado el Dios Salvador» σωτήρ– hay que tener presente una cosa: los símbolos de las verdades divinas no se inventaron para el deleite del ignorante; son el alpha y omega del pensamiento filosófico.

La Teosofía es el camino que lleva a la Verdad y el ocultismo es, en toda religión y ciencia, la piedra angular y el solvente universal. Es el hilo de Ariadna que el maestro da al discípulo que se aventura en el laberinto de los misterios del ser; la antorcha que le ilumina el camino a lo largo del peligroso dédalo de la vida, el enigma de la Esfinge para siempre. Sin embargo, la luz arrojada por esta antorcha puede discernirse sólo por la vista del alma despierta: nuestro sentido espiritual ciega los ojos del materialista; así como el sol encandila los de la lechuza.

No teniendo ni dogma ni ritual –las cadenas o el cuerpo material que sofoca el alma– no empleamos la «magia ceremonial» de los Cabalistas Occidentales; estamos muy familiarizados con sus peligros como para querer nexo alguno con ella. En la S.T., cada miembro es libre de estudiar lo que le plazca, siempre que no se encamine por sendas desconocidas que los llevarían, ciertamente, a la magia negra, la hechicería contra la cual Éliphas Lévi advirtió al público tan abiertamente. Las ciencias ocultas son peligrosas para quien no las entiende perfectamente. Quienquiera que se abandone a sus prácticas, por sí solo, corre el riesgo de volverse loco y los que las estudian, harían bien en reunirse en pequeños grupos de tres a siete. Dichos grupos deberían ser impares para que tengan más poder; un grupo donde hay, aunque sea un poco de solidaridad, forma un solo cuerpo unido, donde los sentidos y las percepciones de los que trabajan en conjunto complementan y ayudan, mutuamente, a los demás y donde un miembro provee a otro la cualidad que a él le falta, termina siempre por convertirse en un acopio perfecto e invencible. «La Unión hace la fuerza». La moraleja de la fábula del viejo que otorgó a sus hijos un grupo de palos que jamás debían ser separados, es una verdad que será, para siempre, axiomática.

V

«Los discípulos (lanus) de la ley del Corazón de Diamante (magia) se ayudan en sus lecciones. El gramático estará al servicio de quien busca el alma de los metales (químico)», etc., etc.(«Catecismo de Gupta Vidya»).

Los ignorantes se reirían si se les dijera que en las Ciencias Ocultas el alquimista puede ser útil al filólogo y viceversa. Quizá entendieran mejor si se les dijera que con este sustantivo (gramático o filólogo), queremos designar al estudioso del lenguaje universal de los Símbolos correspondientes; aunque sólo los miembros de la Sección Esotérica de la Sociedad Teosófica pueden entender claramente lo que significa el término «filólogo», en este sentido. Todas las cosas en la naturaleza tienen correspondencias y son mutuamente interdependientes. La Teosofía, en su sentido abstracto, es el rayo blanco del cual surgen los siete colores del espectro solar; y cada ser humano asimila uno de estos rayos de manera más marcada que los otros seis. Consecuentemente, siete personas, cada una imbuida con su rayo especial, pueden ayudarse mutuamente. Teniendo a su servicio el haz septenario de los rayos, tienen a sus órdenes las siete fuerzas de la naturaleza. Sin embargo, para alcanzar este fin, corresponderá a un experto, un iniciado en la Ciencia de los rayos ocultos, escoger las siete personas que deben formar el grupo.

Estamos caminando en un terreno peligroso, donde la Esfinge del esoterismo corre el riesgo de ser acusada de mistificación. Sin embargo, la ciencia ortodoxa proporciona una prueba de lo que estamos hablando; además, la astronomía física y materialista lo avala. El sol es uno y sus rayos brillan para todos; calienta al ignorante y al astrónomo. En lo referente a las hipótesis acerca de nuestra luminaria, su constitución y naturaleza –su nombre es legión. Ninguna de estas hipótesis es la verdad completa, ni siquiera aproximativa. A menudo son simplemente ficciones que otras, pronto, las reemplazarán. Las siguientes estrofas de Malherbe se aplican, más que todo, a la ciencia en nuestro mundo material:

…La rosa ha vivido el lapso que viven las rosas,
El espacio de una mañana.

(NOTA: Versos del poema Consolation a Duperier, de Malherbe, escrito en 1599.–El Compilador. FINAL NOTA).

Sin embargo, ya sea que adornen o no el altar de la Ciencia, cada una de estas teorías puede contener un fragmento de verdad. Un día, todas estas hipótesis, una vez seleccionadas, comparadas, analizadas y reunidas, podrán proveer un axioma astronómico, un hecho en la naturaleza, en lugar de una quimera en el cerebro científico.

Esto no quiere decir que aceptamos, como parte de la verdad, todo axioma que las academias consideran como verídico. Por ejemplo: en la evolución y las fantasmagóricas transformaciones de las manchas solares –actualmente la teoría de Nasmyth. Sir William Herschel empezó por ver en ellas los habitantes del sol, ángeles hermosos y gigantescos. Sir John Herschell, manteniendo un silencio prudente acerca de estas salamandras divinas, compartía la opinión del anciano Herschel, según la cual el globo solar era simplemente una bella metáfora, una mâyâ –enunciando así un axioma oculto. Las manchas solares han encontrado un Darwin en todo astrónomo de algún peso. En seguida se consideraron como espíritus planetarios, mortales solares, columnas de humo volcánico (engendradas, uno tiende a pensar, en los cerebros de los académicos), nubes opacas y, finalmente, sombras en la forma de hojas del sauce («la teoría de las hojas de sauce»). Hoy en día, al dios Sol se le ha degradado. Según los científicos no es nada más que una brasa gigantesca, aun candente, pero pronta para agotarse en la parrilla de nuestro pequeño sistema solar.

Lo mismo vale para las especulaciones publicadas por los miembros de la Sociedad Teosófica, cuyos autores, a pesar de pertenecer a la fraternidad Teosófica, jamás han estudiado las verdaderas doctrinas esotéricas. Estas especulaciones nunca podrán ser más que hipótesis, matizadas con un rayo de verdad envuelto en un caos de fantasía y, a veces, irracionalidad. Al seleccionarlas del montón, poniéndolas una al lado de otra, se logra extraer una verdad filosófica de estas ideas. Hay que decirlo: la Teosofía tiene algo más que la ciencia ordinaria, esto es: examina el revés de toda verdad aparente. Tamiza y analiza todo hecho que la ciencia física presenta, buscando sólo la esencia y la constitución última y oculta en toda manifestación cósmica o física; ya sea en el ámbito de la ética, del intelecto o de la materia. En una palabra, la Teosofía empieza su búsqueda donde los materialistas terminan la de ellos.

Entonces, algunos podrían objetar: «¿Es metafísica lo que nos ofrece? ¿Por qué no decirlo desde el principio?»

No, no es la metafísica en la acepción general del término; aunque a veces desempeñe ese papel. Las especulaciones de Kant, Leibnitz y Schopenhauer pertenecen a la metafísica, así como las de Herbert Spencer. Pero cuando uno estudia a estos últimos, no puede menos que imaginarse a la Dama Metafísica que participa en una mascarada (bal masqué) en la Academia de las Ciencias, adornada por una nariz postiza. La metafísica de Kant y Leibnitz –como demuestran sus mónadas– supera la metafísica actual, como un globo en las nubes que está por encima de una calabaza vacía en el campo. Sin embargo, este globo, a pesar de que esté más alto que la calabaza, es demasiado artificial para servir de vehículo a la Verdad de las Ciencias Ocultas. Ésta quizá, es una diosa demasiado provocativa para que guste a nuestros eruditos más modestos. La metafísica de Kant lo ha inducido a descubrir la identidad de la constitución y la esencia del sol y los planetas sin valerse de los métodos actuales o los instrumentos perfectos. Y Kant afirmaba, eso que los mejores astrónomos seguían negando, aun durante la primera mitad de este siglo. Mas esta misma metafísica no logró probar la verdadera naturaleza de esta esencia; así como no ha ayudado a la física moderna a descubrir esa verdadera naturaleza, a pesar de sus ruidosas hipótesis.

La Teosofía, entonces, o por lo menos las ciencias ocultas que estudia, es algo más que la simple metafísica. Es, si se permite usar estos términos dobles: meta-metafísica, meta-geometría, etc., o un trascendentalismo universal. La Teosofía rechaza rotundamente el testimonio de los sentidos físicos, si este último no estriba en el testimonio proporcionado por las percepciones espirituales y psíquicas. Aun en el caso de la clarividencia y de la clariaudiencia más altamente desarrolladas, el testimonio final de ambos debe rechazarse, a menos que, con estos términos, se aluda a Φωτός de Jámblico o a la iluminación estática de Plotino y Porfirio άγωγή μαντία. Lo mismo vale para las ciencias físicas; la evidencia proporcionada por la razón en el plano terrenal, como la de nuestros cinco sentidos, debe recibir el sello de aprobación del sexto y del séptimo sentido del Ego divino, antes de que un verdadero ocultista pueda aceptar un hecho.

La ciencia oficial oye lo que decimos y –se ríe. Nosotros leemos sus reportes, observamos la apoteosis de su llamado progreso y de sus grandes descubrimientos –y la dejamos a sus propios recursos. Vale la pena puntualizar que: más de uno de sus descubrimientos, mientras enriquecen ulteriormente un pequeño número de personas ya en la opulencia, ha precipitado a millones de pobres en una miseria aún más terrible. Sin embargo, aun nosotros reímos, cuando descubrimos que la ciencia física no ha dado un paso más adelante hacia el conocimiento de la verdadera naturaleza y constitución de la materia, desde los días de Anaxímenes y la escuela Jónica.

No cabe duda que el mejor trabajo y los descubrimientos científicos en esa dirección, durante nuestro siglo, pertenecen al gran químico William Crookes (NOTA: Miembro del Concilio Ejecutivo de la Logia de Londres de la Sociedad Teosófica y Presidente de la Sociedad de Química en Gran Bretaña. FINAL NOTA).

En su caso particular, le sirvió más su significativa intuición de las verdades ocultas, que todo su gran conocimiento de la ciencia física. Es cierto que ni los métodos científicos, ni la rutina oficial, le han ayudado mucho a descubrir la materia radiante o en sus búsquedas sobre el protile o la materia primordial (NOTA: El elemento homogéneo, indiferenciado que él llama meta-elemento. FINAL NOTA).

VI

Eso que los Teósofos pertenecientes a la ciencia oficial y ortodoxa tratan de llevar a cabo en su ámbito; los Ocultistas o los Teósofos del «grupo interno» lo estudian según el método de la escuela esotérica. Si hasta la fecha, tal método le ha demostrado su superioridad sólo a sus estudiantes, quienes han jurado no revelarlo; dicha circunstancia no lo impugna. Los términos magia y teurgia, no sólo no se han comprendido correctamente; sino que también se ha desfigurado el nombre Teosofía. Las definiciones que las enciclopedias y los diccionarios dan de la Teosofía son tan absurdas como grotescas. Por ejemplo: Webster explica el término Teosofia como: «una conexión o comunicación directa con Dios y los espíritus superiores»; y, además, es «el alcance de un conocimiento y de poderes sobrehumanos y sobrenaturales, mediante procesos físicos [!?]; véase las ceremonias teúrgicas de algunos Platónicos o los procesos químicos de los filósofos Alemanes del fuego». Este es un galimatías sin sentido. Sería como si dijéramos que es posible transformar un cerebro loco en uno del calibre de Newton, desarrollando en él un genio matemático, cabalgando, por cinco millas diarias, en un caballo de madera.

La Teosofía es sinónimo de Gñana-Vidyâ y Brahmâ-Vidyâ (NOTA: El significado de la palabra Vidyâ puede expresarse sólo con el término griego Gnosis, el conocimiento de las cosas escondidas y espirituales o también: el conocimiento de Brahma, es decir, del Dios que contiene todos los dioses. FINAL NOTA) de los hindúes, de Dzyan de los adeptos trans-himaláyicos, la ciencia de los verdaderos Raja-Yogis, que son mucho más accesibles de lo que uno piensa. Esta ciencia consta de numerosas escuelas en oriente, pero sus retoños son aún más copiosos y cada uno terminó por separarse de la rama madre –la Sabiduría Arcaica– variando su forma.

Mientras que estas formas cambiaban, alejándose de la Luz de la Verdad, más y más con cada generación, la base de las verdades iniciáticas quedó inmutable. Los símbolos usados para expresar la misma idea pueden diferir, pero en su sentido oculto expresan siempre lo mismo. Ragón, el masón más erudito de todos los «Hijos de la Viuda», concuerda. Existe un idioma sacerdotal, el «lenguaje de los misterios» y, a menos que uno lo sepa muy bien, no puede adelantar mucho en las ciencias ocultas. Según Ragón: «construir o fundar una ciudad» significaba: «fundar una religión»; por lo tanto, cuando encontramos esta frase en Homero, corresponde a la expresión, en los Brahmanas de «distribuir el jugo de Soma»; esto es: «fundar una escuela esotérica» y no una religión, según pretende Ragón. ¿Se había equivocado? Creemos que no. Pero como un Teósofo de la Sección Esotérica no se atreve a decir a un miembro ordinario de la Sociedad Teosófica, las cosas sobre las que ha prometido guardar silencio; así Ragón se vio obligado a divulgar sólo verdades relativas a sus Trinósofos. Sin embargo, no cabe duda que había emprendido, al menos, un estudio elemental del IDIOMA DE LOS MISTERIOS. «¿Cómo puede uno aprender este idioma?», se nos preguntará. Contestamos: estudien y comparen todas las religiones. Para aprender este lenguaje profundamente se requiere un maestro, un gurú; para lograrlo a solas se necesita ser más que un genio; es menester una inspiración como la de Amonio Sacas. Alentado en la iglesia por Clemente de Alejandría y Atenágoras, protegido por los eruditos de la Sinagoga y la Academia y adorado por los Gentiles, «aprendió el lenguaje de los misterios, enseñando el origen común de todos las religiones y una fe común». Para hacer esto, sólo tuvo que enseñar los cánones antiguos de Hermes, que Platón y Pitágoras habían estudiado muy bien y de los cuales entresacaron sus respectivas filosofías. ¿Deberíamos sorprendernos si Amonio, al encontrar las mismas doctrinas contenidas en los tres sistemas de filosofía antes mencionados en los primeros versículos del evangelio según San Juan, concluyó, acertadamente, que la intención del gran Nazareno era la de restaurar la ciencia sublime de la antigua Sabiduría en toda su integridad primordial? Nosotros pensamos como Amonio. Las narraciones bíblicas y las historias de los dioses tienen sólo dos explicaciones posibles: o son alegorías grandiosas y profundas, que ilustran las verdades universales, o son fábulas que solo sirven para dormir al ignorante. Entonces, las alegorías –tanto Judías como Paganas– contienen todas las verdades comprensibles por quien conoce el lenguaje místico de la antigüedad. Veamos lo que dice acerca de este tema uno de nuestros Teósofos más distinguidos, un ferviente Platónico y un Hebraísta que conoce el Griego y el Latín como su lengua madre, el profesor Alexander Wilder de Nueva York: (NOTA: El primer Vice-Presidente de la S.T. cuando se fundó. FINAL NOTA).

La idea original de los Neo-platónicos era la existencia de una sola Esencia suprema. Este era el Diu o «Señor de los Cielos» de las naciones arias; idéntico al ίαω, Iao de los Caldeos y de los Hebreos; el Iabe de los samaritanos; el Tiu o Tuiseo de los Noruegos; el Duw de las antiguas tribus Británica; el Zeus de los Tracios y el Júpiter de los Romanos. Era el Ser–(no-Ser), el Facit, uno y supremo. De aquí emanaron todos los seres. Los modernos parecen haberlo sustituido con su teoría de la evolución. Quizá, algún día, un sabio más perspicaz que ellos, reúna estos sistemas en uno. A menudo, los nombres de estas divinidades distintas parecen haber sido inventados, descuidando su significado etimológico, pero basándose principalmente en alguna acepción mística particular, ligada al valor numérico de las letras empleadas en su ortografía.

Este significado numérico es una de las ramas del «lenguaje de los misterios» o el antiguo idioma sacerdotal. Se enseñaba en los «Misterios Menores», pero el idioma mismo se reservaba sólo a los altos iniciados. Los candidatos debían triunfar en las pruebas terribles de los Misterios Mayores, antes de que pudiesen ser instruidos en este idioma. Por eso tanto Amonio Sacas, como Pitágoras, obligaban a sus discípulos a tomar un juramento a fin de no divulgar las doctrinas superiores a nadie que no hubiese recibido las doctrinas preliminares y quienes, por lo tanto, no estaban listos para la iniciación. Otro sabio, que lo antecedió tres siglos, hizo lo mismo con sus discípulos, diciéndoles que hablaba usando «similitudes» (o parábolas); «porque ustedes pueden conocer los misterios del reino del Cielo, mas ellos no… porque: a pesar de que ven, no ven; de que oyen, no oyen ni entienden» [Mateo, xiii, 11, 13].

Por lo tanto, las «similitudes» empleadas por Jesús, eran parte del «lenguaje de los misterios », la lengua sacerdotal de los Iniciados. Roma ha perdido la clave de esto y al rechazar la Teosofía y al pronunciar su anatema contra las ciencias ocultas, la pierde para siempre.

«Ámense los unos a los otros», solía decir el gran Maestro Jesús a quienes estudiaban los misterios «del reino de Dios». «Todos vosotros que se insertan entre los novatos y los buscadores de la VERDAD ÚNICA, profesan el altruismo, preservan la unión, el acuerdo y la armonía en vuestros grupos», nos dicen otros Maestros. «Sin la unión y la simpatía intelectual y psíquica no llegarás a nada. Quien siembra viento, recoge tempestades…» (NOTA: Proverbio siamés y budista. FINAL NOTA).

Los eruditos cabalistas, aunque muy versados en el Zohar y sus numerosos comentarios, son pocos entre nuestros miembros, tanto en Europa como especialmente en América. ¿A qué nos lleva esto y qué bien han aportado hasta la fecha a la Sociedad en favor de la cual han entregado, voluntariamente, su trabajo? La mayoría de ellos, en lugar de reunirse y cooperar, se miran de refilón, sus miembros están siempre listos a la burla y a la crítica mutua. ¡La envidia, los celos y un sentimiento de rivalidad más deplorables reinan en una Sociedad cuyo propósito principal es la Hermandad! «¡Vean cómo se aman estos cristianos!», decían los paganos durante los primeros siglos de los Padres de la Iglesia, aludiendo a quienes se mataban mutuamente en nombre del Maestro que les había legado la paz y el amor. Los críticos y los indiferentes empiezan a decir lo mismo de los Teósofos y con razón. Vean en qué se han convertido todas nuestras revistas, excepto el Path de Nueva York; o incluso el mismo Theosophist, nuestra publicación más antigua, desde la partida del Presidente fundador a Japón, hace cinco meses, quien se dedica sólo a mordisquear las piernas de sus colegas y contemporáneos Teosóficos. ¿En qué somos mejores que los Cristianos de los primeros Concilios?

«La unión hace la fuerza». –He aquí una de las razones de nuestra debilidad. Nos aconsejan que no lavemos nuestros atuendos sucios en público. Por el contrario, más vale confesar nuestras imperfecciones delante del mundo o, en otras palabras, lavar nuestra ropa sucia a solas, en lugar de manchar las de sus hermanos Teósofos, como les gusta hacer a algunas personas. Hablamos en general, confesamos nuestras limitaciones, denunciamos todo lo que no es Teosófico y dejamos a los individuos tranquilos; ya que esto es cuestión del Karma de cada uno de nosotros y las Revistas Teosóficas no tienen nada que ver con ello.

Quienes quieren tener éxito en la Teosofía, tanto abstracta como práctica, deben recordar que la desunión es la primera condición para el fracaso. Que una docena de Teósofos determinados se unan en grupos. Que trabajen juntos, cada uno siguiendo lo que le interesa, si así prefiere, en esta o aquella rama de la ciencia universal; más que cada uno se sienta en simpatía con su prójimo. Esto repercutiría positivamente aun entre los miembros que no se interesan en las búsquedas filosóficas. Si un grupo de este tipo, es escogido siguiendo las reglas esotéricas, se formará sólo entre místicos; si se dedicaran a la búsqueda de la verdad y se ayudaran compartiendo sus ideas sobre el asunto, afirmamos que este grupo adelantaría más en la ciencia sagrada en un año que una persona sola en diez. Lo necesario en la Teosofía es la emulación y no la rivalidad; de lo contrario, quien se ufana de ser el primero, llegará último. En la verdadera Teosofía es siempre el más pequeño el que llega a ser el más grande.

Sin embargo, la Sociedad Teosófica cuenta con más discípulos victoriosos de lo que generalmente se cree. Estos se mantienen en el anonimato y trabajan, en lugar de sacarse a relucir. Son los Teósofos más industriosos y más devotos. Cuando publican un artículo olvidan su propio nombre, ya que recuerdan sólo su seudónimo. Hay algunos que conocen el idioma de los misterios perfectamente, capaces de leer, como un libro abierto, alguna obra o manuscrito antiguo e indescifrable para nuestros eruditos, proclives a considerarlo, también, un conjunto de errores contra la ciencia moderna.

Estos pocos hombres y mujeres devotos son las columnas de nuestro templo. Los únicos que paralizan el trabajo incesante de nuestras «hormigas blancas» Teosóficas.

VII

Ahora creemos que en estas páginas hemos invalidado, suficientemente, muchos errores graves acerca de nuestras doctrinas y creencias; especialmente, aquella que tiende a ver en los Teósofos –o al menos en los fundadores de la Sociedad– unos politeístas o unos ateos. No somos ni los unos, ni los otros; así como no lo eran ciertos Gnósticos quienes, aun creyendo en la existencia de los dioses planetarios, solares y lunares, no les ofrecían oraciones ni altares. Nosotros no creemos en un Dios personal fuera del ser humano, quien es su templo –según nos dicen San Pablo y otros Iniciados– pero sí creemos en un PRINCIPIO impersonal y absoluto (NOTA: Esta creencia alude sólo a los que comparten la opinión de la autora. Cada miembro es libre de creer en lo que quiera y como lo quiera. Como ya dijimos, la Sociedad Teosófica es la «República de la Conciencia». FINAL NOTA), con lo que consideramos a cualquiera como meros blasfemos y presuntuosos tontos que tratan de definir este gran misterio universal. Todo lo que se nos enseña sobre este Principio eterno y sin paralelo, es que no es ni espíritu, ni materia, ni sustancia y ni pensamiento, sino el contenedor de todos estos, el contenedor absoluto. En una palabra, podemos decir que es el «Dios nada» τό ούδέν έν, de Basílides, tan poco entendido aun por los analistas hábiles y eruditos del Museo Guimet (tomo XIV) (NOTA: Hace referencia a un ensayo de Amélineau titulado «Essai sur le gnosticisme égytien, ses devéloppements et son origine égyptienne», publicado en el Vol. XIV de Annales du Musée Guimet, París, 1887. El tema es tratado en la Parte II, cap.ii, y siguientes.–El Compilador. FINAL NOTA) que definen el término, de manera ridícula, cuando hablan de este «Dios nada que lo ha ordenado y lo ha previsto todo a pesar de que no tiene ni razón ni voluntad».

Sí, es cierto; y este «Dios nada» es idéntico al Prabrahman de los Vedantinos –una concepción más filosófica y más grandiosa– y es también idéntico al AIN-SOPH de los Cabalistas Judíos. Éste es, también, «el dios que no es»; «Ain» significa no ser o el absoluto, la nada o τό ούδέν έν de Basílide; es decir: la inteligencia humana, limitada a este plano material, que no puede concebir alguna cosa que es y que no existe en ninguna forma. Como la idea de ser está limitada a algo que existe, ya sea en sustancia actual o potencial o en la naturaleza de las cosas o sólo en nuestras ideas; eso que no puede ser percibido por nuestro intelecto que condiciona todas las cosas, no existe para nosotros.

«¿Dónde colocas el Nirvana, oh gran Arhat?», pregunta el rey a un venerable asceta Budista a quien interrogó sobre la Buena Ley.

«¡En ningún lugar, oh gran Rey!», fue la respuesta.

«¿Entonces, el Nirvana no existe?…».

«El Nirvana es; sin embargo no existe».

Lo mismo se puede decir para el Dios «que no existe», una traducción literal muy pobre; ya que, esotéricamente deberíamos leer: el dios que no existe pero es. La fuente de ούδέν es ούδ- είς cuyo significado es: «y no cualquier»; es decir: eso acerca del cual se habla no es una persona o alguna cosa; sino la negación de ambos (el ούδέν neutro se emplea como adverbio: «en la nada»). Entonces el to ouden en de Basílides es absolutamente idéntico al En o «Ain-Soph» de los Cabalistas. En la metafísica religiosa de los Hebreos, el Absoluto es una abstracción, «sin forma ni existencia», «sin ningún símil» (Franck, La Cábala, pág. 173). Entonces, Dios es la NADA, no tiene nombre ni atributos; por eso se le llama AIN-SOPH, porque la palabra Ain significa: «la nada».

No es este Principio inmutable y absoluto, que es ser en potencia, del que emanan los dioses o los principios activos del mundo manifestado. El absoluto no tiene ni puede tener ninguna relación con lo condicionado o lo limitado, eso del cual las emanaciones proceden es el «Dios que habla» de Basílides: el logos que Filo denomina el «segundo Dios» y el Creador de las formas. «El segundo Dios es la Sabiduría del Dios ÚNICO» (Quaestion. et Solut., Libro II, 62). «Pero, ¿este logos, esta «Sabiduría», es siempre una emanación?», se nos preguntará. «¡Hacer emanar alguna cosa de la NADA es un absurdo!». Para nada. En primer lugar: esta «nada» es tal porque es el absoluto y, por lo tanto, el TODO. Luego, este «segundo Dios» ya no es una emanación como la sombra que nuestro cuerpo proyectada en una pared blanca. En cualquier caso, este Dios no es el efecto de una causa o de una acción razonada de una voluntad consciente e intencional. Es simplemente el efecto periódico (NOTA: Al menos para quien cree en una sucesión ininterrumpida de «creaciones», que llamamos «días y noches» de Brahma, o manvantaras y pralayas (disoluciones). FINAL NOTA) de una ley eterna e inmutable fuera del tiempo y del espacio y de la cual, el logos o la inteligencia creadora es la sombra o el reflejo.

«¡Esta idea es absurda!», nos repiten todos los creyentes en un Dios personal y antropomorfo. «De los dos, el hombre y su sombra, es ésta última la que no es nada, una ilusión óptica y el hombre que la proyecta la inteligencia, a pesar de que sea pasiva en este caso!».

Muy bien; pero esto vale sólo para nuestro plano, donde todo es ilusión; donde todo parece al revés, como lo que se refleja en un espejo. O, puesto que el reino de lo único que es real es, para nuestras percepciones, distorsionado por la materia, es irreal, y –desde el punto de vista de la realidad absoluta– el universo, con sus seres conscientes e inteligentes, es simplemente una pobre fantasmagoría, que es la sombra de lo Real en el plano de este último, dotada de inteligencia y atributos; mientras que –desde nuestro punto de vista– dicho absoluto está desprovisto de toda cualidad condicional por ser el absoluto. No es necesario ser muy versados en la metafísica Oriental para comprenderlo; ni es necesario ser un paleógrafo o un paleólogo distinguido a fin de ver que el sistema de Basílides es el de los Vedantinos, a pesar de que el autor de Philosophomena lo haya tergiversado y distorsionado un poco. Esto es perfectamente probado por los esbozos fragmentarios de los sistemas Gnósticos que esta obra nos presenta. Sólo la doctrina esotérica puede explicarnos todo lo que hay de incomprensible y de caótico en el sistema no entendido de Basílides, así como nos lo transmiten los Padres de la Iglesia – estos torturadores de las Herejías. El Padre innato o el Dios no engendrado, el Gran Archón (Αρχων), los dos Demiurgos y los 365 cielos –el número contenido en el nombre de Abraxas, su gobernador– todo esto se derivó de los sistemas Hindos. En nuestro siglo de pesimismo se niega todo y todo marcha a vapor, incluso la vida y lo que es abstracto –lo único que es eterno– no suscita ningún interés, sino para unos raros excéntricos y el ser humano que fallece, no ha vivido un momento en presencia de su alma, arrastrado por el remolino de sus asuntos egoístas y terrenales.

Aparte de la metafísica, sin embargo, cada uno de los que entran en la Sociedad Teosófica puede encontrar una ciencia o una ocupación que le plazca. Un astrónomo podría hacer más descubrimientos científicos de los que podrá efectuar sólo valiéndose de la ayuda de sus Academias, si estudiara las alegorías y los símbolos que se refieren a cada estrella (NOTA: Cada dios o diosa de los 333 millones que constituyen el Panteón hindú, es representado por una estrella. Como el número de las estrellas y de las constelaciones conocidas por los astrónomos no alcanza aun esta cifra, podríamos suponer que los antiguos Hindúes conocían más estrellas que los modernos. FINAL NOTA), aludidos en los viejos libros Sánscritos. Un médico intuitivo, aprendería más de las obras de Charaka (NOTA: Charaka era un médico de la época Vedanta. Una leyenda lo representa como la encarnación de la Serpiente Vishnú, bajo su nombre de Secha, que reina en Pâtâla (los infiernos). FINAL NOTA), traducidas al árabe en el siglo VIII o en los manuscritos polvorientos de la biblioteca de Adyar (trabajos inaprensibles como todo el resto) que en los libros sobre la fisiología moderna. Los Teósofos inclinados hacia la medicina o al arte de la curación, podrían consultar las leyendas y los símbolos revelados y explicados de Asclepios o Esculapio. Desde luego, como en la antigüedad Hipócrates consultaba, en Cos (NOTA: Strabón, Geographica, XIV, ii, 19. Ver también Pausanias, Periegesis (Itinerario) II, xxvii, 2-3. FINAL NOTA), a las estelas votivas en la rotonda de Epidauro (denominado Tholos), ellos podrían encontrar allí los remedios que la farmacopea moderna desconoce (NOTA: Sabemos que todos los que curaron en las Asclepias, dejaban los ex-votos en los templos y, luego, en las estelas grababan los nombres de sus enfermedades y los remedios que funcionaban. Recientemente, en la Acrópolis, fueron exhumados una cantidad de estos votos. Ver el Esclepión de Atenas, M.P. Girard, París, Thorin, 1888. FINAL NOTA). Así podrían, en realidad, curar, en lugar de matar.

Digamos, por enésima vez: ¡la Verdad es Una! Tan pronto como se presenta, no bajo todas sus facetas, sino como los miles de opiniones que sus servidores elaboran acerca de ella, ya no tendremos la VERDAD divina; sino unos ecos confusos de las voces humanas. ¿Hay que buscarla en su todo integral, aunque aproximativo? ¿Acaso entre los Cabalistas Cristianos, los Ocultistas Europeos modernos? ¿Con los Espiritistas actuales o los de la antigüedad?

«En Francia», nos dijo un día un amigo, «tantos Cabalistas, tantos sistemas. Aquí todos pretenden ser Cristianos. Algunos son para el Papa hasta el punto que sueñan con una corona universal para él, la de un Pontífice-César. Otros se oponen al Papado y abogan por un Cristo no histórico; sino creado por su imaginación, un Cristo intrigante y anticesariano, etc., etc. Cada Cabalista cree haber encontrado de nuevo la Verdad perdida. Es siempre su ciencia la que es la Verdad eterna y la de cualquier otro, es simplemente un espejismo… Y está siempre dispuesto a defenderla y a sustentarla con la punta de su pluma…».

«Pero los Cabalistas-Israelitas», le preguntaba a este amigo: «¿son también para Cristo? ».

«¡Ah, ellos creen en su Mesías, es sólo una cuestión de fecha!».

En efecto: en la eternidad no hay anacronismos. Sin embargo, debido a todas estas variaciones de terminología y de sistemas, dichas enseñanzas contradictorias no pueden contener la Verdad real, por eso no entiendo cómo los venerables Cabalistas Franceses, pueden pretender tener el conocimiento de las Ciencias Ocultas. Tienen la Cábala de Moisés de León (NOTA: Es él quien compiló el Zohar de Simeón ben Iochai; ya que los originales de los primeros siglos habían sido todos perdidos. Se le acusó, injustamente, de haber inventado lo que escribió. Reunió todo lo que pudo encontrar; sin embargo, sustituyó los pasajes que faltaban con sus conclusiones, coadyuvado en esto por los cristianos gnósticos de la Caldea y de la Siria. FINAL NOTA), que compiló en el siglo XIII; sin embargo, si comparamos El Libro de los Números Caldeos, con su Zohar, éste representa la obra del Rabino Simeón Ben Iochai como el Pimandro de los Griegos Cristianos representa el verdadero libro del egipcio Thot. La facilidad con que la Cábala de Rosenroth y sus manuscritos latinos de épicas medievales se transforman en textos Cristianos y trinitarios si se leen siguiendo el sistema del Notaricon, parece una tramoya escénica. Entre el marqués de Mirville y su amigo, el caballero Drach, antiguo rabino convertido, la «buena Cábala» se ha convertido en un catecismo de la iglesia de Roma. Quizá los Cabalistas se sientan satisfechos con esto, nosotros preferimos atenernos a la Cábala caldea: El Libro de los Números. Quien está satisfecho con la letra muerta, que se envuelva en el manto de los Tanaim (los antiguos iniciados de Israel); para los ocultistas versados será siempre el lobo disfrazado en los atuendos de la abuela de Caperucita Roja. Pero el lobo no devorará al ocultista, como hizo con Caperucita Roja –el símbolo del profano hambriento de misticismo, cae bajo sus fauces. Morirá el «lobo», cayendo en su propia trampa…

Al igual que la Biblia, los trabajos Cabalísticos tienen su letra muerta, el sentido exotérico y su sentido verdadero o esotérico. La clave del verdadero simbolismo y de los sistemas hindúes se encuentra más allá de las gigantescas cumbres del Himalaya. Ninguna otra clave podría abrir los sepulcros donde yacen enterrados, desde hace miles de años, todos los tesoros intelectuales que los intérpretes primitivos de la Sabiduría divina depositaron allí. Pero el gran ciclo, el primero del Kali-Yuga, ha llegado a su fin; puede ser que el día de la resurrección de todos dichos muertos no esté muy lejos. El gran vidente sueco, Emmanuel Swedenborg, lo dijo: «Busquen la palabra perdida entre los hierofantes, en la gran Tartaria y el Tíbet».

A pesar de lo que sean las apariencias contra la Sociedad Teosófica y su impopularidad entre aquellos que sienten un gran pavor hacia todo lo que les parece una innovación, hay una cosa cierta: eso que nuestros enemigos consideran como una invención del siglo XIX, es tan viejo como el mundo. Nuestra Sociedad es el árbol de la Fraternidad, que surgió de una semilla plantada en la tierra por el ángel de la Caridad y de la Justicia el día en que el primer Caín mató al primer Abel. Durante los largos siglos de la esclavitud de la mujer y del sufrimiento de los pobres, esta semilla fue rociada por todas las lágrimas amargas vertidas por los débiles y los oprimidos. Manos benévolas la han vuelto a plantar, de un rincón al otro del mundo, bajo cielos diferentes, en épocas distantes las unas de las otras. «No hagan a los demás lo que no quieren que se les haga», decía Confucio a sus discípulos. «Ámense los unos a los otros y amen a toda criatura viva», predicaba Gautama el Buda a sus Arhats: «Ámense los unos a los otros», se repetía en Jerusalén como eco fiel. ¡A las naciones Cristianas pertenece el honor de haber obedecido este mandamiento supremo de su maestro de manera muy paradójica! Calígula, el pagano, quería que la humanidad tuviese una sola cabeza para decapitarla de un tajo. Los poderes Cristianos han mejorado esta idea, que permaneció sólo en teoría, buscando y encontrando, al final, el medio de ponerla en práctica. Que se preparen a degollarse mutuamente y que continúen exterminando en un día de sus guerras, más hombres que los que César mataba en un año. Que exterminen países y provincias completas en el nombre de su religión paradójica y que mueran por la espada, los que mataron por ella. ¿Qué nos importa todo esto?

Los Teósofos no pueden detenerlos. Eso es cierto. A pesar de las circunstancias, les corresponde salvar la mayor cantidad de sobrevivientes posibles. Siendo un núcleo de una verdadera Hermandad, depende de ellos hacer de su Sociedad el puente que, en el futuro próximo, estará destinado a transportar a la humanidad al nuevo ciclo más allá de las aguas turbias del desesperanzado diluvio del materialismo. Estas aguas aumentan siempre, inundando, ahora, todos los países civilizados. ¿Deberíamos verlos morir uno tras otro: unos por fatiga, otros buscando en vano un rayo de sol que brilla para cada uno, sin proporcionarles una lancha de salvamento? ¡Jamás!

Es posible que aun estemos lejos de llevar a cabo la hermosa utopía, el sueño del filántropo que ve como en una visión, la realización del deseo triple de la Sociedad Teosófica. Una libertad plena y completa de la conciencia humana para todos; la fraternidad imperante entre los ricos y los pobres y la igualdad entre los aristocráticos y los plebeyos, que –su reconocimiento en la teoría y en la práctica–, es aun quimérico y por una buena razón. Todo esto debe cumplirse natural y voluntariamente por ambos lados; el momento aún no ha llegado para que el león y el cordero duerman el uno al lado del otro. La gran reforma debe tener lugar sin temblores sociales, sin verter ni una gota de sangre, lo cual es posible sólo reconociendo y estudiando la gran verdad axiomática de la filosofía oriental según la cual la gran disparidad de fortuna, grado social e intelectual se debe simplemente a los efectos del Karma personal de cada ser humano. Recogemos únicamente lo que hemos sembrado. Si la personalidad del hombre difiere de cualquier otro hombre, el ser inmaterial interno o la individualidad inmortal, emana de la misma esencia divina que la de su prójimo. Quien se ha empapado de la verdad filosófica que todo Ego comienza y termina por ser el TODO indivisible, no podría amar a su prójimo menos de lo que se ama a sí mismo. Hasta que lo antes dicho se haya convertido en una verdad religiosa, ninguna reforma podrá tener lugar. Los egoístas dicen que «La caridad empieza por casa» y «cada uno por sí y Dios por todos», llevarán siempre a las razas «superiores» y Cristianas a oponerse a la introducción práctica de los siguientes hermosos proverbios paganos: «Cada pobre es el hijo del rico» y el otro aún más apoteósico: «Alimenta, primero, a quien tiene hambre y come sólo lo que sobra».

Llegará el momento en que esta sabiduría «bárbara» de las razas inferiores será más apreciada. Eso que debemos buscar, mientras esperamos, es llevar un poco de paz a la tierra de los corazones que sufren, levantando, para ellos, un rincón del velo que les oculta la verdad divina. Que los más fuertes muestren el camino a los más débiles, ayudándoles a encaramarse a lo largo de la pendiente de la existencia. Que fijen la mirada hacia el Faro que brilla al horizonte, más allá del océano misterioso y desconocido de las ciencias Teosóficas como una nueva estrella de Belén, y que los desheredados de la vida recobren esperanza […]

Helena Petrovna