Una Señal de Peligro

Traducción realizada por el grupo de traductores dirigido por José Rubio Sánchez,
y aquí publicada con su Permiso.

[La Revue Théosophique, París, Vol. I, Nº 2, 21 de abril de 1889, pp. 1-8]

[Traducción del texto original en francés]

   Los Iniciados estamos seguros de estar en compañía de los dioses.

–SÓCRATES. Platón, Fedón (60 C).

En el primer número de La Revue Théosophique, al principio de la buena lectura de nuestro Hermano y colega, el erudito secretario de correspondencia de la Sociedad Teosófica Hermes, podemos leer en una nota (nota 2, p. 23):

Nosotros llamamos Iniciado a cada buscador en posesión de los datos elementales de la Ciencia Oculta. Hay que tener cuidado de no confundir este término con el término Adepto, que representa el más alto grado que un Iniciado puede alcanzar. Tenemos en Europa muchos Iniciados, pero no creo que haya Adeptos, como los de Oriente.

Al no estar familiarizados con los bellos puntos de la lengua francesa, y no teniendo a mi lado ni siquiera un diccionario etimológico, es imposible para mí decir si esta doble definición está autorizada en francés, excepto en la terminología de los Francmasones. Sin embargo, en inglés, y de acuerdo con el significado autorizado por el uso entre los Teósofos y Ocultistas de la India, estos dos términos tienen un significado totalmente diferente al que se les da por el autor, y puedo decir que en la definición dada por el señor Papus, la palabra Adepto es la que se aplica a la palabra Iniciado, y viceversa.

Nunca hubiera pensado en señalar este error –a los ojos de los Teósofos, por lo menos– si no amena, hasta donde yo puedo ver, o produce en un futuro, una confusión más deplorable en las mentes de los abonados a nuestra Revista.

Usando –como lo estoy haciendo– estos dos términos que califican en un sentido totalmente opuesto al que se les da por los Masones y el señor Papus, tienen que surgir el quid pro quos, que deben evitarse a toda costa. Vamos a entendernos unos a otros en primer lugar, si queremos ser entendidos por los lectores.

Pongámonos de acuerdo sobre una definición fija e invariable de los términos que utilizamos en la Teosofía; de lo contrario, en lugar de orden y claridad, nosotros no pondremos más que una mayor confusión en el caos de las ideas mantenidas por el mundo de lo profano.

Sin conocer las razones que han llevado a nuestro erudito compañero de trabajo a utilizar los términos mencionados como lo ha hecho, me limitaré a confrontarlos con los «hijos de la viuda» que están usando en un sentido diametralmente opuesto a su significado real.

Todo el mundo sabe que la palabra «Adepto» viene del Adeptus latino. Este término se deriva de dos palabras: ad, «de», y apisci, «perseguir» (âp, en sánscrito).

Por tanto, un Adepto es un individuo que está versado en algún arte o ciencia, habiéndola adquirido en un modo u otro. De ello se desprende que este término se puede aplicar igual de bien a un experto en astronomía, como a uno en el arte de hacer pâtés de foies gras. Un zapatero y un perfumista, un versado en el arte de hacer zapatos, y el otro en el campo de la química, son ambos «adeptos».

En el caso del término Iniciado, es diferente. Cada Iniciado debe ser un adepto en ocultismo; él debe convertirse en uno antes de ser iniciado en los Misterios Mayores. Pero no todos los adeptos son siempre Iniciados. Es cierto que los Illuminati utilizaron el término Adeptus al hablar de sí mismos, pero lo hicieron en un sentido general, como en el séptimo grado de la Orden del Rito de Zinnendorf. Así, de nuevo, todos usaron los términos AdoptatusAdeptus Coronatus en el séptimo grado del Rito Sueco, y Exemptus Adeptus en el séptimo grado de la Rosa Cruz. Esto fue una innovación de la Edad Media. Ninguno de los verdaderos Iniciados en los Misterios Mayores (o incluso los Menores) es llamado Adeptus en las obras clásicas, sino Initiatus, en latín, y Epoptes, έπόπτης, en griego. Los propios Illuminati le dieron el título de Iniciados sólo a aquellos entre sus hermanos que eran más eruditos en los misterios de su Sociedad. Sólo los menos instruidos eran Mystes Adeptos, ya que aún no se había admitido, sino en los grados inferiores.

Pasemos ahora al término «iniciar».

Cabe señalar desde el principio que hay una gran diferencia entre lo verbal y la forma sustantiva de la palabra. Un profesor inicia a su alumno en los primeros elementos de una ciencia, una ciencia en la que el estudiante puede llegar a ser un adepto, es decir versado en su especialidad. Por el contrario, un adepto en ocultismo está en primer lugar instruido en los misterios religiosos, después de lo cual, si no falla durante las terribles pruebas iniciáticas, se convierte en un INICIADO. Los mejores traductores de los clásicos de siempre traducen la palabra griega έπόπτης como «iniciado en los Misterios Mayores», ya que este término es sinónimo de Hierofante, ίεροφάντης, «el que explica los misterios sagrados». Initiatus, para los romanos, era equivalente al termino Mystagogos y ambos estaban reservados exclusivamente a aquellos, que en los Templos eran iniciados en los misterios mayores. Ellos representaban, entonces, en sentido figurado, el Creador universal. Nadie se atrevió a pronunciar la palabra delante de profanos. El lugar de la «Initiatus» estaba en el Este, donde él estaba sentado, un globo de oro colgando de su cuello. Los Francmasones han tratado de imitar el Hierofante-Initiatus en la persona de sus «Venerables», y los Grandes Maestros de sus Logias.

Pero, ¿la capa hace al monje?

Es de lamentar que ellos mismos no se limitasen a esta única profanación.

El sustantivo francés (e inglés) «iniciación» se deriva de la palabra latina initium, comienzo, los Masones, con más respeto a la letra muerta que mata, por el Espíritu que da vida, han aplicado el término «iniciado» a todos sus neófitos o candidatos –a los principiantes– en todos los grados de la Masonería, tanto el más alto como el más bajo.

Y, sin embargo, ellos sabían mejor que nadie que el término Initiatus pertenecía al quinto y más alto grado de la Orden de los Templarios; que el título de Iniciado en los misterios era el grado 21 de la sección Metropolitana de Francia, y que el de Iniciado en los profundos misterios indica el grado 62 de la misma sección. Sabiendo todo esto, sin embargo, aplicaron este título sagrado, santificado por su antigüedad, a sus meros candidatos, jóvenes entre los «Hijos de la Viuda». Pero sólo porque la pasión por las innovaciones y modificaciones de diversa índole que llevaron a los Masones a hacer cosas que un Ocultista de Oriente consideraría un verdadero sacrilegio, ¿es un razón por la cual los teósofos deben aceptar su terminología?

En lo que a nosotros concierne, los discípulos de los Maestros de Oriente como nosotros, no tenemos nada que ver con la moderna Masonería. Los verdaderos secretos de la Masonería simbólica se pierden, como Ragon, por cierto, lo demuestra muy bien. La piedra angular, la piedra central del arco construido por las primeras dinastías reales de Iniciados –desde tiempo prehistórico– se ha alterado desde el cierre de los últimos misterios. La tarea de la destrucción, o más bien de estrangulamiento y sofocación iniciada por los Césares, finalmente se ha completado en Europa, por los Padres de la Iglesia. Importada de nuevo, desde aquellos días, de los santuarios del Lejano Oriente, la piedra sagrada estaba quebrada y finalmente rota en mil pedazos.

¿A quién vamos a echar la culpa de este crimen?

¿Son los Masones, y especialmente los Templarios, perseguidos, asesinados, despojados violentamente de sus anales y sus estatutos escritos? ¿Fue la Iglesia la que, después de apropiarse del dogma y los rituales de la Masonería primitiva, alterada sobre la fabricación de sus pervertidos ritos pasando por la única VERDAD, decidió ahogarla?

Sea lo que sea, ya no es la Masonería quien tiene toda la verdad, si echamos la culpa a Roma o el insecto Shermah (NOTA: De acuerdo con la tradición judía, las piedras que se utilizaron para construir el templo de Salomón (un símbolo alegórico tomado literalmente y se convierte en un edificio real) no fueron cinceladas y pulidas por manos humanas, sino por un gusano llamado Samis, creado por Dios para este propósito expreso. Estas piedras fueron milagrosamente transportadas a la ubicación donde el templo iba a ser erigido, y consolidado posteriormente por los ángeles que construyeron el templo de Salomón. Los Masones introdujeron el Gusano Samis en su historia legendaria y lo llaman el «insecto Shermah». FINAL NOTA) del famoso templo de Salomón, que la Masonería moderna sostiene como la base y el origen de la Orden.

Durante decenas de miles de años, el árbol genealógico de la Ciencia Sagrada que todas las razas tenían en común, permaneció idéntico; porque el templo de esta ciencia es UNO y está construido sobre la roca inconmovible de la verdad primitiva. Pero los Masones de los dos últimos siglos han preferido distanciarse de él. Una vez más, y esta vez, en la práctica, no en teoría, ellos destrozaron el cubo, que luego descompusieron en doce partes. Rechazaron la verdadera piedra por una falsa, y lo que ellos hicieron con la primera –su piedra angular– no estaba de acuerdo con el espíritu que vivifica, sino con la letra muerta que mata.

¿Es otra vez el Gusano Samis (alias «insecto Shermah») –cuyas huellas en la piedra rechazada llevó a los «constructores del Templo» al error– lo que corroía la misma estructura? Lo que se hizo entonces, se hizo a sabiendas. Los constructores sin duda conocían de memoria la suma total (NOTA: Esta suma se compone de un triángulo isósceles dividido en dos partes –tres líneas–, siendo el borde del cubo la base; dos cuadrados diagonalmente divididos en dos partes, cada una con una línea perpendicular hacia el centro: seis líneas; dos líneas rectas en ángulo recto entre sí; y un cuadrado diagonalmente dividido en dos partes: dos líneas; la suma total: 13 líneas o 5 caras del cubo. FINAL NOTA), es decir, las trece líneas de cinco caras.

¿Qué importa? En cuanto a nosotros –discípulos fieles del Oriente– preferimos, en lugar de todas estas piedras, algo que no tenga nada que ver con ninguna de las otras mascaradas de los grados masónicos.

Vamos a mantener al eben Shetiyyah (que tiene un nombre diferente en sánscrito), el cubo perfecto que, a pesar de contener el delta o triángulo, sustituye el nombre del Tetragrammaton Cabalístico por el símbolo del nombre incomunicable.

Nosotros con gusto dejamos a los Masones su «insecto», esperando mientras tanto y por su bien, que la moderna simbología, que avanza con estos grandes avances, no descubra la identidad del gusano Shermah-Samis con Hiram-Abif –lo cual sería bastante embarazoso.

Sin embargo, pensándolo bien, este descubrimiento no sería nada sin su lado útil, ni tampoco lo sería sin su gran encanto. La idea de un gusano siendo la cabeza de la Masónica genealogía, y el Arquitecto del primer templo Masónico, también haría de este gusano «el padre Adán» de los Masones y que haría congraciarse a los «Hijos de la Viuda», aún más que los Darwinistas. Esto los acercará a la Ciencia moderna, que busca pruebas físicas para reforzar la teoría de la evolución Haekeliana. ¿Qué importancia tendría para ellos, una vez que han perdido el secreto de su verdadero origen?

Es un hecho bien establecido que nadie objeta esta afirmación. Aprovecho la oportunidad de recordar a los Caballeros Masones que podían leer esto, que, en lo que se refiere a la Masonería esotérica, casi todos sus secretos han desaparecido desde Elias Ashmole y sus sucesores inmediatos. Si ellos tratan de contradecirlo, les diremos, como lo hizo Job: «Tu propia boca te condenará, y no yo; Y tus labios testificarán contra ti» (xv, 6).

Nuestros mayores secretos se impartían en las logias Masónicas de todo el mundo. Pero sus Grandes Maestros y Gurús murieron uno tras otro, y lo que quedaba escrito en secretos manuscritos –como el de Nicholas Stone, por ejemplo, que fue destruido en 1720 por los concienzudos hermanos– se redujo a cenizas entre el final del siglo XVII y principios del siglo XVIII en Inglaterra, así como en el continente (NOTA: Esto es lo que la Enciclopedia de Mackey de la Francmasonería (1929), vol. II, p. 970, dice al respecto: «Este manuscrito ya no existe, después de haber sido uno de los destruidos, en 1720, por parte de algunos Hermanos demasiado escrupulosos. El Hermano Preston (edición 1972, p. 167) lo describe como ‹un viejo manuscrito, que fue destruido junto con muchos otros en 1720, dice que ha estado en posesión de Nicholas Stone, un extraño escultor, según Iñigo Jones›. Preston da, sin embargo, un extracto del mismo, que detalla el afecto a cargo de Saint-Alban para los Francmasones, los salarios que les daba, y la Carta que obtuvo del Rey para celebrar una Asamblea General. Anderson (Constituciones, 1738, p. 99) que llama la Piedra Guardián de Iñigo Jones, da a entender que él escribió el manuscrito, y se lo da como fundamento de un comunicado que en 1607 Jones celebró las Comunicaciones Trimestrales. El extracto realizado por Preston, y la breve referencia de Anderson, son todo lo que queda del Manuscrito de Piedra».–El Compilador. FINAL NOTA).

¿Por qué tanta destrucción?

Algunos hermanos en Inglaterra han dicho de boca a oído, que la destrucción fue el resultado de un pacto vergonzoso entre ciertos Masones y la Iglesia. Un viejo «hermano», un gran Cabalista, acaba de morir aquí, y su abuelo, un conocido Masón, era íntimo amigo del conde de Saint-Germain, cuando éste fue enviado por Luís XV, se dice, a Inglaterra en 1760, para negociar la paz entre los dos países. El Conde de Saint-Germain dejó en manos de este Masón determinados documentos relativos a la historia de la Masonería, y contiene la clave para más de un misterio incomprendido. Lo hizo con la condición de que estos documentos se convirtieran en el patrimonio secreto de todos los descendientes de los Cabalistas que se convirtieron en Masones. Estos documentos, sin embargo, tuvieron un valor sólo para dos Masones: el padre y el hijo que acaba de morir, y no será de ninguna utilidad para nadie en Europa. Antes de su muerte, los preciosos documentos se quedaron con un Oriental (Hindú), quien se encargó de transmitirle a una determinada persona que vendría a Amritsar, la Ciudad de la Inmortalidad, para reclamarlos. También se dijo, confidencialmente, que el famoso fundador de la Logia de Trinósofos, J.M. Ragon, también fue iniciado en muchos secretos por un oriental, en Bélgica, y algunos dicen que él conocía a Saint-Germain en su juventud. Esto quizás podría explicar por qué el autor de la Tuileur général de la Franc-Maçonnerie o Manuel de l’Initié, afirmaba que Elias Ashmole fue el verdadero fundador de la Masonería moderna. Nadie sabía mejor que Ragon el alcance de la pérdida de secretos Masónicos, como él mismo dice:

«Eso es la esencia y naturaleza del Masón: buscar la luz allí donde cree que puede encontrarse», proclama la circular del Gran Oriente de Francia. «Mientras tanto», añade, «!ellos dan a los Masones el glorioso título de hijos de la luz, y los deja envueltos en la oscuridad!» (NOTA: Cours philosophique, etc., pp. 59-60. FINAL NOTA).

Por lo tanto, si el señor Papus copia los Masones, como pensamos, en su definición de los términos Adepto Iniciado, se equivocó, pues uno se vuelve hacia la oscuridad cuando uno ya está de pie en la luz. La Teosofía no ha inventado nada, no ha dicho nada nuevo, sino que simplemente repite fielmente las lecciones de la más remota antigüedad. La terminología establecida hace unos quince años por la Sociedad Teosófica es la correcta, ya que en todos los casos estos términos son una traducción fiel de sus equivalentes Sánscritos, casi tan antigua como la última raza humana. Esta terminología no puede ser modificada en la actualidad, sin correr el riesgo de introducir en las enseñanzas Teosóficas un caos que sería deplorable y peligroso para su claridad.

Recordemos las palabras veraces de Ragon:

La Iniciación tuvo su cuna en la India. Ha precedido a las civilizaciones de Asia y Grecia, y en el perfeccionamiento de la mente y las costumbres de la gente, ha proporcionado la base para todas las leyes civiles, políticas y religiosas.

La palabra iniciar es lo mismo que dvija, el Brâhmana «nacido dos veces». Esto significa que la iniciación se consideró un nacimiento a una nueva vida, o, como Apuleyo dice, es una «resurrección a una nueva vida», novam vitam inibat… (NOTA: A pesar de ser estas palabras reales, no pudieron ser localizadas en el texto latino de las Metamorfosis de Apuleyo, sin embargo, es más probable que lo que se quiere decir es el pasaje del Libro XI, xvi (edición de Helm.), que establece en partes «qui vitae praecedentis innocentia fideque meruerit… ut renatus quodam modo statim…» –«uno que ganó en razón de la inocencia (inocencia) de su anterior vida en una especie de resurrección, etc.».–El Compilador. FINAL NOTA).

A excepción de lo que se ha señalado anteriormente, la conferencia de Monsieur Papus es admirable en el sello de la Sociedad, y la erudición que muestra en ella es la más notable. Los Miembros de nuestra Fraternidad le deben su más sincero agradecimiento por las explicaciones que son tan claras y tan interesantes.

Helena Petrovna

Londres, marzo de 1889.